Somewhere there's music...

De solo estar

24 de abril de 2006




Seré breve: Ultimamente estoy leyendo a un gran poeta de nuestros pagos y hoy me tomo el atrevimiento de subir un pezzetino de su arte porque es maravilloso y quiero que vos también lo conozcas y puedas apreciarlo tanto como yo... lo que sigue es una joyita:

"No pica nunca...
Las palabras se le hubieran humedecido de traspiración al hachero. Asentó el hacha en el suelo y miró de nuevo el monte, hacia donde la víbora verde se había deslizado.
Era un mar de hojas y ramas temblorosas aún, como si les perdurara el sacudón terrible, el reciente derrumbe del tronco recio.
...pero si se para y latiguea el hombre se va secando desde adentro". Como si hablara con alguien en medio del silencio que sucedió a la volteada del guayacán. Ni siquiera eso habría pensado si la víbora no se hubiera escapado por entre sus pies.
El hacha, su golpe insistido, monótono y duro volvió a llenar el monte. El hombre tenía aún, entre los dedos sudados, la harina con que había amasado su pan la tarde anterior, como una ceniza pegajosa. Así era siempre monte adentro. Hacha, hacha y hacha nomás. Y las cosas del monte, como ahora, repitiéndose en la sucesión de los días. Había que hachar cuando el sol mordía menos. Si no, era cosa de sudar de más y el agua no abundaba que digamos, ni duraba limpia. Cada tres días la llevaba Lucena en su zorra de dos ruedas con las cadenas sonándole a las mulas. Venía arriando bagualas con el silbido, llenaba el tacho grande y retornaba al pueblo.
El hachero volvía a quedar solo. Solo, solita su alma como ahora. Él y el monte. El monte era como su corazón. Pasaban los días y ni se daba cuenta de su existencia, pero en ocasiones lo sentía atropellar, llenarse de ruidos, de pequeños rumores, respirar. A veces una víbora le cruzaba su látigo de alerta más que de miedo, como cuando un alacrán quiso clavarle su cola de resina vegetal, antigua y ponzoñosa. Alzaba un trozo de quebracho, entonces. El bicho dormía en el humus fresco, en una quietud sin memoria, rosada, gredosa. Ahora el monte le venía de golpe con toda la fuerza de su potencia viva. Hachaba con luna llena al borde de la picada. Caído sobre la tierra, el guayacán se iba en tenuidades leves, en minúsculos temblores como muchas diminutas agonías. Su copa empezaba a cambiar de color y un bronce viejo, casi cobre, le doraba los años cuando lo derribara.
al claror lunar podía verse la negra médula del tronco como una piedra sideral, calcinada, llorosa de rocío.
Arriba de su cabeza, las flores de yuchán panzudo eran como otras estrellas bajo la noche azulina y alta, temblorosas, vivas.
Era extraño. Siempre que trabajaba de noche, se acordaba de las hachas que los hacheros pierden en el monte y que golpean solas, picada adentro. Nunca creyó en esas historias pero no dejaban de volverle al recuerdo así como la sombra de sus hijos y de su mujer a los que vería el sábado para volver el lunes, con fideos y harina y yerba y un gajo de carne para toda la semana.
El monte, su inmensidad verde, revivía en la noche.
Renacía en rumores, en pequeños latidos. Cuajarones lechosos yacían al pie de los árboles y los troncos caídos, sus ramazones, sus hojas temblorosas en la brisa, con toda la luna encima, pasaban del encaje blanco a la espuma de leche y a los nácares hundidos en un agua verde.
Ya en la paz del sueño, la araña de oro listada de ébano y las corzuelas, ojos en fuga y movimiento puro, temblorosas de espanto como un agua apedreada también cabían en la honda sombra. Las chuñas, las charatas, los suris, todo tenía una inmovilidad de leña, de sueño abierto al infinito. Y una luz tardía, como de brasa verde, cavaba hundiéndose hacia los cuatro vientos de la noche. Nada de latidos, de gritos, de pulso. Solo el silencio bajando desde el cielo altísimo hasta los árboles. La luna, como en el agua, dormía su antigua paz en el filo del hacha.
-"Mañana rodearé la leña..."-se dijo. Y cuando el sol alisaba nubes y bahías rosadas, amaneciendo, fue hasta el claro del monte donde tenía sus cosas. Había comenzado a sudar. Dejó el hacha apoyada en un tronco y se tiró en el catre. La cama hundía sus cuatro horcones en la tierra. No sentía la dura rigidez de los palos que recibían, rugosos, su cansancio de hombre solitario. Allí, sin lanas, sin cueros, sin frazadas, las manos soportando el peso de la nuca, entrecerró los ojos. Llamaba al sueño. De rato en rato el viento ahondaba las hojas duras del quebracho blanco arriba y abajo revolcaba la hojarasca. Lejanos pájaros cantaban tímidamente y alguna chicharra raspaba el aire agria y violenta. Ya estaba dentro del sueño en esa cama de palos. Quieto, quietito con la camiseta terrosa, húmeda de sudores. Ciego al esfuerzo y a la vida que reventaba a su lado, al sol que caía retaceado, leve, dorado sobre su ropa muerta. Como un gajo de sangre seca, como un trapo mojado embebido en agua crecida. Su cabello húmedo y desgreñado yacía retinto como una apasanca enorme y brillosa. Un sueño como de hachazos parecía llegarle a ratos y le ponía un temblor leve, casi torturado en todo el cuerpo. Arriba, libres, cielo y árboles y nubes y vuelos.
Él, dentro del sueño, aplastado de vida, de infinito. Como una árbol por nacer, lleno de savia quieta todavía.


Fragmento: De solo estar (1957)

Manuel J. Castilla


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