Había ido casa esta última vez con mucho desgano, pero sabiendo que me sería de mucha utilidad la ayuda de mi hermano y su mejor amigo, tocayo del que ya no recuerdo desde cuándo tengo el gusto de conocer. Sentada a la mesa, luego de charlar largo y tendido con mi hermano desde el almuerzo, les contaba mis deseos (y miedos) de arrancar y de realizar todo eso de lo que tanto suelo hablar. Pero mi hermano se planta de repente en una postura como siempre improbable, la cual sería aún más estupido de mi parte discutir y me voy con Euge a escuchar las canciones grabadas. Suena uno, otro. Sí, lo conozco...a ver éste. Lo veo escuchar con atención. Qué pasará por su cabeza. Desde mi ángulo visual puedo adivinar cierto brillo en sus ojitos. Es hermoso, me dice vacilante por la emoción. Sí, asiento con una sonrisa, más bien nacida del encantamiento por su entusiasmo que de la canción misma. Lo cantaba mi abuela. Sí, lo sé. Surge otra sonrisa. Solo que esta vez, es él quien me la regala. A ver. Toma su guitarra y comienza a dibujar acordes sobre el diapasón. Un si bemol alcanzo a distinguir.... Pero no, no era ese acorde, en realidad no lo sé. Dejo hacer y observo. Cae mi hermano y se suma a la bella labor. Terminamos cantando uno que otro tango. Mostrále lo que estás preparando para el exámen -dice Manu. Suena Sur (paredón y después...). Intercambian comentarios sobre el grupo y los nuevos integrantes. Nico está loco. Por? Dice que quiere tocar el preludio de Bach con el bajo. No entiendo, digo confundida. Pipi, ¿con cuatro cuerdas?. Eeeeeh. ¿Cuál es el Preludio? pregunto curiosa de saber por qué era imposible. Si así lo hiciera, sería algo asi como... esto. Ajusta nuevamente unas cuerdas (ya empieza a resultarme adorablemente neurótico) y vuelve a ejecutar su guitarra. Sus dedos trepan dulcemente por el diapasón con mucha calma. Yo me dejo llevar por el interminable laberinto de arpegios que brota de sus dedos. Sufro. Una sensación...un estado muy mío y lejano se apodera de mí en ese momento. Me cuesta respirar. Eran mis ramas meciéndose. No, eran esas calles mojadas a través de mi ventana... o tal vez la figura de mi abuelo fumando, recortándose en el zaguan de casa, a la vuelta de mis clases de piano los días jueves. Se equivocó. Comete un error casi imperceptible, pero se sonroja y velozmente recupera la melodia devolviéndome a mi ventana. Crece la tensión con cada nota. Me parece ver tu rostro. Veo el de él. El mercurio se expande en mi garganta a un ritmo vertiginoso y con mucho esfuerzo, apenas puedo contener el llanto. Lo quiero para mí -pienso-. Ahora la tensión cede a una explosión de notas definitorias que buscan voluptuosamente herirme de muerte. Pero no lo hace. En el preciso instante en que la melodía parecía prepararse para dar su estocada final, se apiada de mí y me libera, sacrificándose en sol.
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La pieza en cuestión se llama Preludio para Cello en Sol Mayor, Suite nº1 de Bach. Aqui te dejo una versión ejecutada por Yo-yoma
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