Somewhere there's music...

8 de marzo de 2007

Entre los once personajes que habían mirado hacia la puerta, sólo el Joven Taciturno permanecía con los ojos clavados en el picaporte y ausente, al parecer, de cuanto lo rodeaba; sus cabellos peinados hasta la locura, su corbata ceremoniosa, el brillo de sus charoles y la raya hiriente de su pantalón, todo en su indumentaria parecía obedecer a un orden litúrgico. Adán Buenosayres, que lo estudiaba con gran interés, murmuró esas observaciones en el oído del astrólogo.
-Su traje nupcial -respondió Schultze en voz baja.
-¿Cómo? -se asombró Adán-. ¿Usted cree?
-Si no me equivoco -dijo Schultze, ese muchacho será el próximo adorador de la bestia.
-Le ha llegado su turno -admitió adán-. Pero lo del traje no es posible. Sería monstruoso.
-Estúdielo bien -respondió Schultze, mirando furtivamente al Joven Taciturno-. Desde hace media hora ese muchacho es un arquitecto.
-¿Un arquitecto?
-Eso es -insistió Schultze con amargura-. ¿Y sabe lo que construye ahora ese arquitecto? Un fantasma.
-¿Una construcción ideal?
-Óigame bien -asintió Schultze-: Yo no he visto a la mujer que oficia detrás de la puerta, ni él tampoco, sin duda. Pero créame que, cuando ese mozo esté adentro, se desposará con un fantasma.
Adán Buenosayres guardó silencio, y la imagen de Solveig Amundsen cruzó por su mente: "Sí, el barro fragilísimo de una sutil arquitectura, o la materia prima de un sueño." Instintivamente llevó una mano al Cuaderno de Tapas Azules, pero la retiró en seguida: "No ahora, ¡más tarde! Sería un velorio de lujo. La poética muerte de un fantasma."


Adán Buenosayres, L. Marechal.

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