Al día siguiente de la muerte de Guada, habiendo dormido apenas un par de horas, me levanté a eso de las 7 y puse a calentar una pava de agua para tomar mate, como hiciera cuando falleció mi abuela en febrero pasado, una especie de rito que empecé sin darme cuenta...Y llamé a una de sus amigas intimas para darle la triste noticia. Y la pensé y la lloré mucho abrazando a la tortuguita de peluche que le había regalado en su último cumpleaños y con la que -según Manu- dormía toda la noche exactamente en la misma posición...Y después los llamados y las visitas y la mierda típica de estas situaciones. Solo que no era para nosotros una situación típica, se trataba de Guada, la negrita, la que se caía una y otra vez y se volvía a levantar cual gato de 7 vidas o ave Fenix, como le gustaba señalarse a ella orgullosamente.
Mi angustia era tal que pronto tomó forma física en mi pecho asáltándome a todas horas sin aviso y sin motivo alguno. Y así como llegaba se iba. Con los días fue disminuyendo la intensidad de estas explosiones en el pecho, pero insiste... insiste y persiste y en un punto, la verdad... es que dejó de importarme... como si en el fondo deseara hundirme para siempre en este dolor. En mi cabeza, no es más que el eco de lo que sentí aquel día en que el empleado de seguridad sacaba a una persona del cuarto de espera diciendo que "querían hablar con la señora", la señora era yo...
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